![]() |
| "Tiene 65 años pero su espiritu aventurero lo hace recorrer grandes distancias" |
Por: Juaquin Medina y Didier Hernandez/ Twitter@villanueva24h
Si alguna vez, de viaje por cualquier lugar de Colombia, se topa o se encontró con un hombre de avanzada edad, con un cintillo delgado en la cabeza, pelo enmarañado semicorto, a bordo de una destartalada bicicleta, y que, además, tiene dos perros como compañeros, es José Federico.
Nuestro andariego tiene 65 años y es oriundo de Santa Rosa de Cabal, Risaralda. Carga siempre con ‘Niño’ y ‘Muñeco’, dos caninos de raza ‘criolla’ que adornan la simpática cicla. Adelante lleva amarrado con unas cadenas una especie de letrero de lata con recortes de artículos de prensa que hablan sobre las hazañas de este aventurero. Atrás lleva una canasta con sus pocas pertenencias y dos banderas siempre visibles. Una de color blanco, que simboliza la paz, y la tricolor, que denota su amor por el país.
“A cada parte que voy llevo un mensaje de amor a todos. Yo no quiero ser famoso, ni nada de eso, solo quiero la paz de Colombia y que liberen a todos los secuestrados”, dice José Federico a un lado de la carretera que conduce a Villanueva, La Guajira. Su travesía la inició hace dos meses cuando partió desde Medellín y recorrió todo el suroccidente colombiano pasando por Cali, Pereira, Pasto e Ipiales, hasta llegar a Ecuador. Luego regresó a Colombia para terminar el titánico viaje en tierras incas. Perú es su destino, y La Guajira, un paraje dentro de este.
“Yo llevo más de 40 años yendo de aquí para allá. Vea, hermano, no hay departamento que no conozca. Antes llevaba alegría a los niños cuando trabajaba para un circo, era payaso y trapecista”, dice convencido de su causa y a su vez reconoce que la fuerza para recorrer extensas distancias, a pesar de sus años, se la da principalmente Dios, a quien agradece a cada instante por todo lo recibido. “Claro que la panelita y el queso me dan vigor pa’ pedalear”, sonríe José y luego se embarca de nuevo en su vieja cicla.
Su transporte es una combinación de creatividad y rusticidad. De lejos parece un invento averiado de Da Vinci, algo que intentó crear y que quizá desechó en su taller de Florencia, Italia. Sin embargo, le ha servido a este personaje para llegar donde ha querido. “Yo duermo donde me coja la noche y como lo que me quieran brindar”, exclama en tono sutil y despreocupado.
Al final, José se despide y emprende de nuevo su aventura. La sopa que le brindaron un grupo de moradores de Fonseca, que habían terminado de jugar un partido de fútbol, le servirá para unas horas de viaje, antes que el rugido de su estómago vuelva a sorprenderlo.
“A cada parte que voy llevo un mensaje de amor a todos. Yo no quiero ser famoso, ni nada de eso, solo quiero la paz de Colombia y que liberen a todos los secuestrados”, dice José Federico a un lado de la carretera que conduce a Villanueva, La Guajira. Su travesía la inició hace dos meses cuando partió desde Medellín y recorrió todo el suroccidente colombiano pasando por Cali, Pereira, Pasto e Ipiales, hasta llegar a Ecuador. Luego regresó a Colombia para terminar el titánico viaje en tierras incas. Perú es su destino, y La Guajira, un paraje dentro de este.
“Yo llevo más de 40 años yendo de aquí para allá. Vea, hermano, no hay departamento que no conozca. Antes llevaba alegría a los niños cuando trabajaba para un circo, era payaso y trapecista”, dice convencido de su causa y a su vez reconoce que la fuerza para recorrer extensas distancias, a pesar de sus años, se la da principalmente Dios, a quien agradece a cada instante por todo lo recibido. “Claro que la panelita y el queso me dan vigor pa’ pedalear”, sonríe José y luego se embarca de nuevo en su vieja cicla.
Su transporte es una combinación de creatividad y rusticidad. De lejos parece un invento averiado de Da Vinci, algo que intentó crear y que quizá desechó en su taller de Florencia, Italia. Sin embargo, le ha servido a este personaje para llegar donde ha querido. “Yo duermo donde me coja la noche y como lo que me quieran brindar”, exclama en tono sutil y despreocupado.
Al final, José se despide y emprende de nuevo su aventura. La sopa que le brindaron un grupo de moradores de Fonseca, que habían terminado de jugar un partido de fútbol, le servirá para unas horas de viaje, antes que el rugido de su estómago vuelva a sorprenderlo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario