7 de junio de 2009

Patria Perdida

Por: Luis Camacho Villegas

La escalada de violencia demencial de los grupos guerrilleros, que ya ajusta 50 años, ha producido en Colombia cambios estructurales tan importantes que la república de hoy es absolutamente distinta a la idílica nación cantada por nuestros escritores románticos en la primera mitad del siglo XX.

En los estratos bajos, los padres de familia se debaten entre buscar la forma de evadir el servicio militar para sus hijos o enrolarlos como soldados profesionales al fin de aumentar los menguados ingresos familiares, rogando a Dios que no les devuelvan sus cadáveres víctimas de un plomo aleve o de una mina quiebra patas, mientras ellos mismos, desplazados por la violencia, tratan de ganar el sustento en las grandes ciudades a la sombra de un semáforo, también rogando a Dios que sus hijas no cambien la venta de frunas por la prostitución infantil.

En otros estratos, los padres procuran con ahincó que sus hijos estudien en el exterior y terminen trabajando y viviendo a fuera del país para no repetir la agonía de esperarlos en la madrugada rogándole a Dios que no hayan sido víctimas de una bomba terrorista, de un paseo millonario o de un asalto criminal. Con lo cual terminan alegrándose por correo de sus logros ajenos y leyendo con nostalgia a los románticos de principios del pasado, siglos que describen los campos Colombianos preñados de riquezas naturales, de paisajes de ensueños, de campesinos orgullosos de regar sus parcelas con el sudor de la frente, para legar a sus hijos un futuro viable.

Mientras los colombianos de los otrora bucólicos paisajes convivimos hoy con dos estallidos imbricados. El de los voladores festivos y el de las minas asesinas.

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