Aquí la muerte se reviste y se eterniza. La vida tiene poca importancia, es más nimia. La muerte es ascendencia, la vida descendencia. Una relación lúdica del ser y el no ser en la que se bordean, se aproximan, se confunden. Aquí el devenir no es de la vida, es de la muerte. La muerte está siendo. Por eso también cada tumba más que un testimonio de vida, no importa si es vida que fue, o vida que será, o vida que nunca ha sido, pero es vida, antes, en y después: la exaltación vital, el desasimiento de los sentidos que nos indica la botella de licor, hasta su desprecio, su detritus, el rastro excremental.
Los monumentos funerarios contrastan con la humildad de las casas. Se decora la muerte. El lujo de las tumbas revela que el Guajiro quiere vivir la muerte y morir la vida. El Guajiro habita la muerte. Imitaciones de vida, imitaciones de muerte: árboles secos frente a los cementerios. El solipsismo vegetal del cactus, su metálica vitalidad, ¿No es un símbolo? La vida está ante la muerte como sobre – vida o muerte – vida. No se bifurcan, son caminos de encuentro. Es la paradoja. ¿Dónde y cual es limite entre la vida y la muerte? ¿O la separación del ser y el no ser?. La polémica presocrática regresa rediviva.
El desnudo enfrentamiento del hombre y la naturaleza. Más que integración, yuxtaposición. Las cosas mudando de forma. Es el juego heraclitano pero sin movimiento estático. Pasa a su contrario, pero detenido. Una inmovilidad dinámica, la fuerza en reposo. Los objetos y su fidelidad con el tiempo, con el paisaje que han sido. Pueden no ser temporales, pero se detuvieron con él, se perennizaron.
Rostros de vida y memoria, memorias en que todo el tiempo histórico – cumbre un solo espacio infinitamente cerrado. Y en tiempo, inmóvil. El ser sin tiempo, el tiempo sin ser. Recuperar la historia por encima, fuera y ante el tiempo. La historia no tiene pasado, ni presente, ni futuro. Pasado puro sin historia, presente puro, sin futuro. Son, no aparece.
La vida como para que conste: un rezago donde el tiempo está detenido. Entre el ser humano y los objetos existe una convivencia, sin exigirse mutuamente. Parecerían que padecen juntos el ser olvido y presencia. La luz: ¿Dios nace o muere?. De ahí la ambivalencia de la luminosidad y la oscuridad. El blanco y negro de las tumbas con el blanco y negro de la vida, con el blanco y negro de la muerte, de la soledad y del viento.

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