30 de mayo de 2009

Hielo Molido

Por: Adrain Alberto Ibarra Ustariz

Es la una de la tarde en Fundación, a quién sus habitantes llaman “Fundición”. La canícula del caribe está en su apogeo como diría Gabito, quien la conoce muy bien. El sol hace del aire tufaradas de vapor infernal, y se siente en la piel como si te rozara un caldero recién sacado del fogón. Camino solo. No hay un alma en la calle y los sonidos fueron evaporados. Una gota de sudor baja por mi frente. En la reverberación alcanzo a divisar un bulto que avanza en la dirección opuesta hacia donde camino.

Al acercarse veo que el bulto es un hombre vestido de blanco, un vendedor. Está empujando un pintoresco carrito, en el que distingo unas botellas de varios colores que parecen ser esencias y un bloque de hielo considerable, en el que veo un alivio a este clima agresivo que me tiene con dolor de cabeza y la garganta seca.

Sin hablar le pido lo que vende: un vaso de hielo molido escarchado en esencia, el cual me tomo de un sorbo. Mientras tanto, el hombre me mira de pies a cabeza y sabe quién soy cuando me ve el rabo que sale de la pantaloneta. Entonces tomo mi trinche y me marcho.

No me cobró porque ya sabía quién era yo, y en todo caso el sabe que no tengo con que pagarle. Que dilema tengo.

No sé que es peor: si ser lo que soy o sentir vergüenza porque este vendedor me haya visto hoy a mí, ¡al Diablo! con calor, comiendo hielo molido, en pantaloneta, a la una de la tarde, en un pueblo donde solo él me prestó atención.

El calor dicen que es como un “asesino silencioso”, todo producto del cambio climático. Ayer sentí por primera vez en mi vida que me sudaban las rodillas, al finalizar la tarde perdí el juicio y terminé escribiendo sobre un Diablo que, por fortuna, está lejos de mi pueblo.

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